Decir que la música de hoy ya no es como la de antes es un lugar común. Pero esta trillada frase cobra un significado especial en el caso de Tito Rodríguez. El vocalista más elegante de la música tropical demostró poseer una sensibilidad exquisita para elegir el repertorio de los muchos LP que grabó durante la década del '50.
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Decir que la música de hoy ya no es como la de antes es un lugar común. Pero esta trillada frase cobra un significado especial en el caso de Tito Rodríguez. El vocalista más elegante de la música tropical demostró poseer una sensibilidad exquisita para elegir el repertorio de los muchos LP que grabó durante la década del '50.
Grabado para la disquera Tico en 1959, "Mambo Madness" ofrece un viaje a través de los muchos colores y matices de la música afrocaribeña. Cálidos boleros, vibrantes clásicos de Cuba (“Dónde Estabas Tú”, “La Engañadora”), instrumentales burbujeantes y, cómo no, el indispensable mambo. El cantante puertorriqueño hace todo lo posible para regalarnos una experiencia sonora rica y satisfactoria.
Durante la era dorada del mambo en Nueva York, el club nocturno Palladium era un lugar indispensable para los balarines de la música latina-- y los tres grupos más populares que aparecían allí eran las orquestas de Machito, Tito Puente y Tito Rodríguez.
Es natural, entonces, que haya ciertas similitudes entre algunos temas de "Mambo Madness" y el trabajo de Puente y Machito.
Compuesto por el mismo Rodríguez, el aterciopelado “Mambo Manila” tiene los sofisticados acordes de piano y delicado sonido del vibráfono que uno pudiera encontrar en los muchos temas instrumentales que Tito Puente grabó para la compañía RCA durante esa misma década. “Mambo Manila” crea una atmósfera mágica al combinar la energía contagiosa de la música afrocubana (escuchen esos impresionantes riffs de los metales) con una melodía añorante, casi nostálgica. ¿El resultado? Un momento especialmente feliz en la discografía de Rodríguez.
Igualmente, cuando el cantante aborda el coro majestuoso de “Tremendo Cumbán”, es difícil no recordar la versión grabada por Machito a principios de los años '50. Sólo que en esta oportunidad no están las voces jocosas de Machito y su hermana Graciela, sino más bien las inmaculadas cadencias del cantar privilegiado de Rodríguez.
Rodríguez cosechó tantos aplausos con sus interpretaciones de boleros como Inolvidable, que muchos melómanos han olvidado su notable versatilidad y talento para interpretar guarachas y otros estilos bailables.
Los amantes de las baladas con climas nocturnos quedarán felices con la versión de “Piel Canela” con la que Tito cierra esta colección.
No hay nada de tímido en esta versión. Nos encontramos muy lejos de las dulces sonoridades de Los Panchos. El ritmo es ligeramente rápido, los vientos suenan con bravura, y la campana le agrega urgencia a la melodía. La voz de Rodríguez suena descollante. Su interpretación es masculina sin caer en arquetipos machistas. Tiene absoluto control del material, pero deja espacio para la vulnerabilidad. Es inolvidable.
Menos memorable es el éxito del momento que lleva el título de “Chiqui”. Rodríguez lo interpreta en inglés chapurreado. Y, milagrosamente, sale airoso-- aún cantando letras como she dance the rumba/she dance the mambo/she likes the samba, conga, she likes tango.
Se podría decir que la historia de Tito Rodríguez tuvo un final trágico. El maestro murió de leucemia en febrero de 1973. Tenía sólo 50 años.
Sin embargo, en el transcurso de una vida tan corta, Rodríguez logró dejar un maravilloso legado musical, testamento de una época durante la cual parecía que la música latina era capaz de dominar el mundo. Las canciones de "Mambo Madness" demuestran que, ciertamente, la música de hoy ya no es como la de antes.
Creditos:
Tito Rodriguez – Conductor, Percusión, Vibrafono(“Mambo Manila”)
Al Beck – Trompeta
Willie Dubas – Trompeta
Paquito Davila – Trompeta
Cino Gonzalez – Trompeta
Tommy Garcia – Piano
Luis Barreto – Bajo
Ignacio Reyes – Timbales
Ray Tinto – Bongó
Chuck Miala – Conga
Cantante Principal - Tito Rodriguez
Escrito por Ernesto Lechner
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