Ismael Rivera, El Sonero Mayor, pionero de la salsa puertorriqueña, innovador vocal y maestro del poli-ritmo, amado por sus seguidores y admirado por sus colegas. En Panamá, existe casi un culto a Rivera, quien fue fiel peregrino del Cristo Negro de Portobelo en aquel país. “Maelo fue el primero que recuerde en ‘romper clave,’" dice Rubén Blades, el primerísimo salsero panameño. “O sea, se encaramaba en los acordes del soneo y ocupaba los espacios en donde los coros entraban, cosa que hacía sus pregones tan impactantes y emocionantes. No 'esperaba su turno" para sonear.”
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Ismael Rivera, El Sonero Mayor, pionero de la salsa puertorriqueña, innovador vocal y maestro del poli-ritmo, amado por sus seguidores y admirado por sus colegas. En Panamá, existe casi un culto a Rivera, quien fue fiel peregrino del Cristo Negro de Portobelo en aquel país. “Maelo fue el primero que recuerde en ‘romper clave,’" dice Rubén Blades, el primerísimo salsero panameño. “O sea, se encaramaba en los acordes del soneo y ocupaba los espacios en donde los coros entraban, cosa que hacía sus pregones tan impactantes y emocionantes. No 'esperaba su turno" para sonear.”
La primera vez que escuché Ismael Rivera fue en el verano de 1974 cuando El Sonero Mayor ya disfrutaba de un renacimiento artístico en su plena tercera edad. Yo era universitario californiano seducido por la salsa como expresión de la cultura caribeña, y todo para mi era nuevo.
Cuando una amiga me trajo de Nueva York el disco del momento, Traigo de Todo, me puse a estudiar la portada artística buscando huellas para entender a este artista misterioso, El Brujo de Borinquen. Al frente, se ve solo un puño cerrado con una frágil margarita brotando entre los dedos. Y por detrás, aparece el dueño de esa mano, un mulato de mediana edad, con barba canosa, frente arrugada y ojos de bondad, pero también de lucha y tristeza. Esa imagen parecía captar la esencia de esta música, nacida entre los sufrimientos y regocijos de un pueblo oprimido.
Su osadía rítmica es evidente en “Dime La Verdad,” una de dos canciones en esta nueva colección con el acompañamiento de Rafael Cortijo, el influyente director de orquesta quien fue el primero en convencer a su compañero de escuela ser cantante en lugar de albañil. Este numero proviene de la época de oro del dúo en los años 50, los que vieron el avance social para la raza negra, fenómeno manifestado en la isla por el éxito de los héroes beisboleros Roberto Clemente y Orlando “Peruchín” Cepeda.
Cortijo y Rivera también soñaban con pegar un “jonron.” Como explica el cantante en una entrevista con el locutor venezolano César Miguel Rondón, autor de El Libro de la Salsa: “No fue una cosa planeada, tu sabes, son cosas que a veces suceden…..Todo fue una cosa del pueblo, del negro, era como que se nos estaba abriendo una jaula., y había rabia y Clemente empezó a repartir palos, y nosotros entramos ahí, tu sabes, con nuestra música….Y parece que el mismo deseo de nosotros de salir, de acabar con el arrabal, fue lo que después nos puso un poco premeditados. Y es que había hambre, Cesar. Había hambre.”
Después de estar en la cárcel a causa de las drogas, Rivera volvió a unirse con Cortijo en 1966 y al año siguiente grabaron “Arrecotín Arrecotán.” Pero su retorno fracasó, y Rivera se independizó en 1968, logrando finalmente renovado éxito como el respetado veterano en la explosión salsera de los 70. La mayoría de las canciones de este disco son de esa época, incluyendo los números clásicos “El Nazareno” y “Las Caras Lindas,” el cual contiene las famosas improvisaciones del cantante sobre el solo de tres de Mario Rivera.
A estas alturas, ya le fallaba la voz y el vigor a Rivera. Sin embargo, su impacto y su influencia se mantenían fuertes. Al abrir aquella portada que tanto me fascinaba hace 35 años, aparece Rivera reclinado casualmente usando jeans y unas zapatillas modernas. Una ceja levantada y una sonrisita complacida nos recuerdan del dicho, “Mas sabe el diablo por viejo…”
O como dijo Rondón: “Lo que no daba la voz, lo daba la sabiduría.”
Lineas discográficas escritas por Agustín Gurza
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