Jueves Marzo 11 2010, 04:17:15 PM | Añadido por FaniaDigital

El recuerdo de Celia Cruz está lleno de malentendidos. Al evocarla, los seguidores ocasionales de la música latina mencionan sus coloridas pelucas, trajes glamorosos y los pegajosos éxitos que grabó durante el último capítulo de su carrera (uno de ellos, la salsa-con-rap de “La Negra Tiene Tumbao”, está presente en esta colección).

En realidad, Celia Cruz y su prodigiosa discografía captaron la esencia de la música tropical. Las canciones de esta antología demuestran que poseía una de las voces más seductoras en la historia de la música latina. A su vez, su olfato para elegir el repertorio adecuado y su astucia para rodearse con los mejores productores y directores de orquesta (desde Tito Puente y Memo Salamanca hasta Johnny PachecoWillie Colón y Ray Barretto) le permitieron trascender los lugares comunes que presentan a la salsa como un género “caliente” para gente “apasionada”.

La segunda de cuatro hijos, Celia Cruz nació en el barrio Santo Suárez de La Habana. Desde chiquita, se dio cuenta que había algo en su voz que le daba alegría a la gente. Cuando sus padres le encargaban el cuidado de sus hermanitos, Celia los entretenía cantando canciones populares cubanas. Los vecinos de los departamentos cercanos se congregaban delante de su casa y se quedaban allí por horas, escuchando a la niñita de la voz hermosa. El padre de Celia le aconsejó que no siguiera una carrera musical. Creía que los clubes y cabaretes donde se llevaban a cabo los conciertos en esa época no eran un lugar adecuado para su hija. Insistió que la muchacha tenía que ser maestra de escuela.

Como adoraba a su papá y no quería decepcionarlo, Celia siguió su consejo y se graduó de maestra. Al mismo tiempo, y gracias a una tía liberal que quería ayudar a su sobrina oprimida, comenzó a frecuentar los clubes nocturnos, conociendo de cerca la riqueza de la música cubana.

Inspirada por la revolución musical que ocurría a su alrededor, Celia comenzó a competir – y ganar – en concursos de estaciones radiales. Curiosamente, la primera canción que interpretó en la radio fue un tango. Le siguieron docenas de actuaciones, en las que interpretó boleros y temas bailables.

Una gran oportunidad que solidificaría la carrera de Celia para siempre llegó en junio de 1950, cuando fue invitada por la legendaria Sonora Matancera para reemplazar a la cantante Myrta Silva, que había dejado el grupo para regresar a su Puerto Rico natal.

Celia permaneció con la banda durante 15 años, grabando una gran cantidad de éxitos. Su voz chocolatosa le agregó vitalidad hasta a los temas más banales de La Matancera. Era igualmente dotada para los boleros y los temas bailables, pero su fuerte eran las canciones de inspiración netamente africana – las rumbas y los pregones.

En 1965, la cantante terminó su relación de 15 años con La Matancera. Pero la exitosa carrera solista con la cual habían fantaseado Celia y su esposo Pedro Knight no logró despegar, pese a que grabó una serie de excelentes discos en México con el director de orquesta Memo Salamanca, y como vocalista de la banda de Tito Puente en Nueva York.

Juntos, Celia y Tito grabaron ocho discos y continuaron colaborando esporádicamente hasta la muerte del percusionista en el 2000. Unos meses antes de su fallecimiento, Tito Puente me contó durante una cena que de todos los cantantes que lo habían acompañado, Celia era de lejos su favorita. “No hay nadie que pueda cantar como ella”, dijo. “Cuando tocábamos juntos, era una combinación muy fuerte. Celia es una persona educada y muy inteligente. Es única. Tocamos juntos 588 veces. Ella las contó, y tiene la memoria de un elefante”.

A comienzos de los ‘70, Celia estaba seriamente necesitada de un proyecto comercial. Milagrosamente, se ubicó en el centro del movimiento musical más importante de la música afrocaribeña – la explosión salsera de la Fania.

Fue uno de los músicos más respetados de la disquera, el tecladista, director de orquesta y fanático de la música cubana Larry Harlow, que invitó a Celia a participar en su ópera latina de 1973, Hommy. Interpretó el éxito “Gracia Divina”, presentándose a una nueva generación de melómanos. El mismo año, una extensa versión del clásico “Bemba Colorá” grabada en concierto en el Yankee Stadium (incluida en el segundo volúmen del LP doble Live At Yankee Stadium) hizo historia. Celia Cruz se había convertido en la indiscutible reina de la salsa.

En 1974, Pacheco, cuya orquesta modernizó las texturas de conjunto cubano de La Matancera con arreglos más dinámicos, invitó a Celia a que grabaran juntos. El resultado, Celia & Johnny, fue un impresionante triunfo artístico que elevó a la cantante a un nivel de estrellato que no había conocido ni siquiera con La Matancera. En las manos de Pacheco, Celia brilló como una estrella fugaz. Tan sólo el tema de apertura, el volcánico “Químbara”, valía el precio del disco – claro indicio del poder casi sobrenatural de la voz de Celia. No es casualidad que “Químbara” le dé comienzo a la segunda parte de esta antología.

Actuando con inteligencia, la Fania trató a Celia con la importancia que se merecía. Durante los años siguientes, grabó una serie de discos superlativos con los artistas más prestigiosos de la disquera: Pacheco, por supuesto, pero también Willie Colón, Papo Lucca (el pianista virtuoso de La Sonora Ponceña) y Ray Barretto (en 1988, su colaboración Ritmo En El Corazón le concedió a Celia su primer premio Grammy). Bajo la dirección artística de Colón, exploró los ritmos del Brasil con excelentes versiones de temas de samba y bossa nova como “Usted Abusó” y “Berimbau”.

“Cuando empecé a trabajar con Celia, ella era una cantante establecida”, recuerda Willie. “Para mí, fue como una graduación a las grandes ligas. Curiosamente, fue mucho más fácil trabajar con ella que con algunas de las divas de mi generación. Celia siempre estaba dispuesta a escuchar nuevas ideas, aunque éstas parecieran tontas. Sabía que la música no es una ciencia exacta. En parte, yo creo que ésa fue la clave de su longevidad artística”.

“Recuerdo cuando fuimos juntos al Africa”, me contó Johnny Pacheco recientemente, desde su casa en Nueva York. “El presidente del país envió dos limosinas al aeropuerto – una para mí, y la otra para Celia. En un momento, ella me dijo: ‘Estamos aquí gracias a ti, Johnny’, y eso me hizo sentir muy bien. Le pedí que cantara “Guantanamera” y la gente se volvió loca”. Pacheco suena melancólico al recordar a esta diva inolvidable. “La voz de esa mujer”, susurra. “Era increíble. Algo de otro mundo”.

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