Celia Cruz Celia Cruz Azucar
El recuerdo de Celia Cruz está lleno de malentendidos. Al evocarla, los seguidores ocasionales de la música latina mencionan sus coloridas pelucas, trajes glamorosos y los pegajosos éxitos que grabó durante el último capítulo de su carrera (uno de ellos, la salsa-con-rap de "La Negra Tiene Tumbao", está presente en esta colección). En realidad, Celia Cruz y su prodigiosa discografía captaron la esencia de la música tropical. Las canciones de esta antología demuestran que poseía una de las voces más seductoras en la historia de la música latina. ...MÁS >
El recuerdo de Celia Cruz está lleno de malentendidos. Al evocarla, los seguidores ocasionales de la música latina mencionan sus coloridas pelucas, trajes glamorosos y los pegajosos éxitos que grabó durante el último capítulo de su carrera (uno de ellos, la salsa-con-rap de "La Negra Tiene Tumbao", está presente en esta colección). En realidad, Celia Cruz y su prodigiosa discografía captaron la esencia de la música tropical. Las canciones de esta antología demuestran que poseía una de las voces más seductoras en la historia de la música latina. A su vez, su olfato para elegir el repertorio adecuado y su astucia para rodearse con los mejores productores y directores de orquesta (desde Tito Puente y Memo Salamanca hasta Johnny Pacheco, Willie Colón y Ray Barretto) le permitieron trascender los lugares comunes que presentan a la salsa como un género "caliente" para gente "apasionada".

La carrera de Celia traza el desarrollo del género tropical, desde el obvio dominio de Cuba durante la época dorada de la música latina hasta la explosión de la salsa de origen puertorriqueño en Nueva York como un fenómeno cultural y la aparición del sonido de Miami y su influencia en una variación más comercial de lo tropical.

Contrariamente a otras divas que fueron asociadas a la época de su cúspide artística (los años '50 para Graciela, cantante de Machito, los '60 para La Lupe), Celia aprendió a evolucionar con el tiempo, cambiando sutilmente su repertorio sin perder las cualidades que la hacían entrañable.

A través del poderío vocal de Celia, la música afrocaribeña se convirtió en una plataforma para expresar un arco iris de emociones: un apetito insaciable hacia la vida, penas del corazón, alegría contagiosa, un optimismo inacabable y la profunda nostalgia por la patria que había dejado atrás.

La segunda de cuatro hijos, Celia Cruz nació en el barrio Santo Suárez de La Habana. Desde chiquita, se dio cuenta que había algo en su voz que le daba alegría a la gente. Cuando sus padres le encargaban el cuidado de sus hermanitos, Celia los entretenía cantando canciones populares cubanas. Los vecinos de los departamentos cercanos se congregaban delante de su casa y se quedaban allí por horas, escuchando a la niñita de la voz hermosa.

El padre de Celia le aconsejó que no siguiera una carrera musical. Creía que los clubes y cabaretes donde se llevaban a cabo los conciertos en esa época no eran un lugar adecuado para su hija. Insistió que la muchacha tenía que ser maestra de escuela.

Como adoraba a su papá y no quería decepcionarlo, Celia siguió su consejo y se graduó de maestra. Al mismo tiempo, y gracias a una tía liberal que quería ayudar a su sobrina oprimida, comenzó a frecuentar los clubes nocturnos, conociendo de cerca la riqueza de la música cubana.

Los años '40 y '50 fueron un tiempo de gran creatividad para la música de la isla. El corazón de este movimiento era el son, el formato cubano por excelencia. Como la mayoría de géneros latinos, el son es una combinación de tres influencias distintas: melodía europea, ritmo africano y sabor indígena.

El son, que había nacido en la provincia de Oriente durante la década de 1880 y llegó a La Habana allá por 1909, era interpretado originalmente por grupos rústicos de instrumentos de cuerda, percusión y, después, una trompeta. Fue durante los años '40 y '50 – décadas esenciales para la formación artística de Celia – que el formato pasó por su evolución definitiva cuando legendarios directores de orquesta como Arsenio Rodríguez, Félix Chapottín y Pérez Prado incorporaron piano, congas y una variedad de instrumentos de viento a la mezcla. En ese momento, el son comenzó a sonar como la música electrificante que eventualmente sería conocida en el mundo entero como salsa.

"Ahora le dicen salsa", me comentó Celia durante una entrevista llevada a cabo unos años antes de su muerte, en 2003. "Antes, la llamábamos de acuerdo a su estilo particular: rumba, guaracha, mambo, guajira, guaguancó. Son los ritmos folklóricos de mi país, los estilos de Cuba. Yo nunca tuve problemas con la palabra salsa, porque hace ya décadas que nos ganamos la vida tocando esta música. Pero mi amigo Tito Puente se molestaba cuando escuchaba esa palabra. 'Salsa es algo para comer', decía bien enojado. 'Lo nuestro es música afrocubana'. Y eso que Tito ni siquiera era cubano. Era puertorriqueño".

Inspirada por la revolución musical que ocurría a su alrededor, Celia comenzó a competir - y ganar - en concursos de estaciones radiales. Curiosamente, la primera canción que interpretó en la radio fue un tango. Le siguieron docenas de actuaciones, en las que interpretó boleros y temas bailables.

Una gran oportunidad que solidificaría la carrera de Celia para siempre llegó en junio de 1950, cuando fue invitada por la legendaria Sonora Matancera para reemplazar a la cantante Myrta Silva, que había dejado el grupo para regresar a su Puerto Rico natal.

Creada en 1924 bajo el nombre de La Tuna Liberal, La Sonora Matancera había pasado décadas, como el mismísimo son, perfeccionando su sonido e instrumentación. Cuando contrató a Celia, se había transformado en una institución, grabando asiduamente y realizando giras por todo el continente americano.

La innovación más importante de La Matancera fue agregarle una sensibilidad pop a los estilos afrocaribeños. Bajo el liderazgo del guitarrista y director musical Rogelio Martínez, el grupo perfeccionó el concepto del éxito tropical de tres minutos de duración, redondito y sabroso. Evidentemente, estaba lejos de ser un conjunto de son apoyado en el folklore.

Cuando grabó su primer disco de 78 rpm con el grupo, que incluía sus inmortales interpretaciones de "Mata Siguaraya" y "Cao Cao Maní Picao", Celia se había ganado el corazón de los fanáticos de La Matancera.

Celia permaneció con la banda durante 15 años, grabando una gran cantidad de éxitos. Su voz chocolatosa le agregó vitalidad hasta a los temas más banales de La Matancera. Era igualmente dotada para los boleros y los temas bailables, pero su fuerte eran las canciones de inspiración netamente africana – las rumbas y los pregones.

La revolución de Fidel Castro encontró a La Sonora Matancera en la cima de su popularidad. Descontentos con el nuevo régimen, los integrantes de la orquesta abandonaron Cuba en un viaje rutinario hacia México - una gira de la cual no regresarían jamás. Celia vio a su amada patria por última vez el 15 de julio de 1960.

En 1965, la cantante terminó su relación de 15 años con La Matancera. Pero la exitosa carrera solista con la cual habían fantaseado Celia y su esposo Pedro Knight no logró despegar, pese a que grabó una serie de excelentes discos en México con el director de orquesta Memo Salamanca, y como vocalista de la banda de Tito Puente en Nueva York.

Juntos, Celia y Tito grabaron ocho discos – y continuaron colaborando esporádicamente hasta la muerte del percusionista en el 2000. Unos meses antes de su fallecimiento, Tito Puente me contó durante una cena que de todos los cantantes que lo habían acompañado, Celia era de lejos su favorita.

"No hay nadie que pueda cantar como ella", dijo. "Cuando tocábamos juntos, era una combinación muy fuerte. Celia es una persona educada y muy inteligente. Es única. Tocamos juntos 588 veces. Ella las contó, y tiene la memoria de un elefante".

Las selecciones de estos discos ocupan la mayoría de la primera parte de esta compilación. A los que no conocen este material, los espera una agradable sorpresa. Hay boleros afiebrados ("Me Acuerdo De Ti", sobre la nostalgia de Celia por Cuba), sinuosas joyas de pura perfección afrocubana ("Bómboro Quiñá") y deliciosas ensaladas de funk latino ("Aquarius/Let The Sun Shine In").

Desafortunadamente, estos discos no lograron conectar con una juventud que, en ese momento, estaba enamorada del rock 'n roll. A comienzos de los '70, Celia estaba seriamente necesitada de un proyecto comercial. Milagrosamente, se ubicó en el centro del movimiento musical más importante de la música afrocaribeña - la explosión salsera de la Fania.

Inaugurada en 1964 por el empresario Jerry Masucci y el flautista y director de orquesta dominicano Johnny Pacheco, Fania juntó a los músicos más talentosos del momento bajo el mismo techo, conectando la fiebre de los ritmos afrocubanos con el swing del jazz estadounidense y la influencia urbana del r&b.

Hasta el día de hoy, el catálogo de la Fania es considerado como el punto culminante de la música tropical, el estandarte con el cual se comparan todos los esfuerzos posteriores del género. Es innegable la pasión de las grabaciones más tempranas y tradicionales de la música afrocubana. Pero los mejores momentos de artistas como Pacheco, Rubén Blades, Willie Colón, Héctor Lavoe, Eddie Palmieri y la Fania All Stars elevaron al género a un nivel inusitado, agregándole un toque modernista, comentario social y un apetito feroz por los sonidos exóticos.

Fue uno de los músicos más respetados de la disquera, el tecladista, director de orquesta y fanático de la música cubana Larry Harlow, que invitó a Celia a participar en su ópera latina de 1973, Hommy. Interpretó el éxito "Gracia Divina", presentándose a una nueva generación de melómanos. El mismo año, una extensa versión del clásico "Bemba Colorá" grabada en concierto en el Yankee Stadium (incluida en el segundo volúmen del LP doble Live At Yankee Stadium) hizo historia. Celia Cruz se había convertido en la indiscutible reina de la salsa.

En 1974, Pacheco, cuya orquesta modernizó las texturas de conjunto cubano de La Matancera con arreglos más dinámicos, invitó a Celia a que grabaran juntos. El resultado, Celia & Johnny, fue un impresionante triunfo artístico que elevó a la cantante a un nivel de estrellato que no había conocido ni siquiera con La Matancera. En las manos de Pacheco, Celia brilló como una estrella fugaz. Tan sólo el tema de apertura, el volcánico "Químbara", valía el precio del disco – claro indicio del poder casi sobrenatural de la voz de Celia. No es casualidad que "Químbara" le dé comienzo a la segunda parte de esta antología.

Actuando con inteligencia, la Fania trató a Celia con la importancia que se merecía. Durante los años siguientes, grabó una serie de discos superlativos con los artistas más prestigiosos de la disquera: Pacheco, por supuesto, pero también Willie Colón, Papo Lucca (el pianista virtuoso de La Sonora Ponceña) y Ray Barretto (en 1988, su colaboración Ritmo En El Corazón le concedió a Celia su primer premio Grammy). Bajo la dirección artística de Colón, exploró los ritmos del Brasil con excelenctes versiones de temas de samba y bossa nova como "Usted Abusó" y "Berimbau".

"Cuando empecé a trabajar con Celia, ella era una cantante establecida", recuerda Willie. "Para mí, fue como una graduación a las grandes ligas. Curiosamente, fue mucho más fácil trabajar con ella que con algunas de las divas de mi generación. Celia siempre estaba dispuesta a escuchar nuevas ideas, aunque éstas parecieran tontas. Sabía que la música no es una ciencia exacta. En parte, yo creo que ésa fue la clave de su longevidad artística".

Como integrante de la Fania All Stars, Celia participó en recitales en compañía de salseros de su calibre, como Héctor Lavoe y Cheo Feliciano. Con Pacheco como director musical, la orquesta viajó al Africa, donde Celia fue recibida como una diosa e interpretó versiones inolvidables de "Químbara" y "Guantanamera".

La carrera de Celia sobrevivió intacta el declive de la Fania a fines de los '80. Para ese entonces, los aficionados de la salsa en todo el mundo habían desarrollado un interés apasionado por su música. Celia no tuvo problemas para conseguir un contrato discográfico con RMM Records, la compañía de Nueva York que dominó la salsa durante los años '90, y se trasladó a Sony para grabar tres exitosos discos (uno de los cuales salió al mercado en 2003, después de su muerte). Al final de su carrera, Celia grabó éxitos inmensos como "Que Le Den Candela", "La Vida Es Un Carnaval" y "La Negra Tiene Tumbao".

"Recuerdo cuando fuimos juntos al Africa", me contó Johnny Pacheco recientemente, desde su casa en Nueva York. "El presidente del país envió dos limusinas al aeropuerto – una para mí, y la otra para Celia. En un momento, ella me dijo: 'Estamos aquí gracias a ti, Johnny', y eso me hizo sentir muy bien. Le pedí que cantara 'Guantanamera' y la gente se volvió loca".

Pacheco suena melancólico al recordar a esta diva inolvidable.

"La voz de esa mujer", susurra. "Era increíble. Algo de otro mundo".


Escrito por Ernesto Lechner
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